jueves, septiembre 02, 2010

¿hay crítica de arquitectura en la red?

"Autor: Diego Fullaondo; último artículo publicado en la carpetilla de arquitectura del periódico digital soitu.es en octubre de 2009"

Llevo escuchando desde que era niño la afirmación relativa a la escasez de crítica en el panorama arquitectónico español. No sé hasta qué punto es cierta o ya se ha convertido en una muletilla recurrente. Pero lo cierto es que, aun hoy en día, con la enorme proliferación de blogs y demás sitios de la red dedicados a la arquitectura, la queja se sigue repitiendo con más y más frecuencia en todos los foros.
Supongo que la dificultad está en la propia palabra: “crítica”. Implica una capacidad de discernir, de separar, de ordenar y valorar, que no va muy de acuerdo con los tiempos actuales. La relativización de toda forma de conocimiento, asociada al irracional miedo al error que nos rodea, no es el caldo de cultivo idóneo para la aparición de la crítica en su sentido estricto (habría que poner en cuarentena incluso la veracidad del deseo de la misma que se manifiesta con tanta frecuencia).
Si a eso añadimos que en nuestro pequeño mundo la incómoda palabreja se complementa con el adjetivo “arquitectónica”, la cosa no mejora: Nos envía al delicado mundo de la disciplina, frágil en todas sus fronteras en esta de orgía de trans-disciplinaridad en la que estamos sumidos. Si hablas de lo tuyo: malo porque eres un miope que no contemplas las señales obvias que se producen en otros campos más ágiles; y si no hablas de lo tuyo: malo también porque no se entiende nada y no se sabe que tiene eso que ver con poner un ladrillo encima de otro.
A pesar de este difícil escenario, y gracias a la poderosa red, se multiplican las voces que hablan de arquitectura. Tanto que, este pobladísimo Speaker’s Corner arquitectónico, se ha vuelto tan ruidoso que es muy difícil incluso escuchar lo que dice cada uno de los oradores. La posibilidad de decir ha superado en importancia a la relevancia de lo dicho. Por supuesto, ha dejado de ser significativo, quién diga cada cosa. En este balbuceante nuevo mundo lo más importante es que los bebés hablen. Que digan mamá, o papá, o pilota, o brum, brum. Lo que sea, pero que hablen. Con la esperanza de que entre todo ese ruido, llanto y moco seremos capaces de extractar lo inteligible y componer un discurso que nos permita seguir avanzando.
Pero, asumiendo la poca importancia de la pregunta (de la respuesta, mejor dicho), ¿qué es lo que dicen esas voces que hablan de arquitectura en la red? Desde la óptica de un apasionado y voluntarioso aficionado (todavía analógico aunque me pese), consigo distinguir algunos grandes grupos vocales razonablemente homogéneos:
1. Paginas web o blogs destinados básicamente a la promoción personal. Es obvio que como herramienta de publicidad, como medio de darse a conocer, todo el entramado de internet resulta enormemente atractivo. De alguna manera, sustituye y generaliza la cara y elitista autoedición de publicaciones que se realizaba antaño, para presentar el trabajo de cada estudio. Desde luego, nada que objetar. Incluso hay sitios que muestran su trabajo de forma muy brillante y sugerente. Pero, en este caso, de crítica de arquitectura, nada de nada.
2. Un segundo gran grupo son los sitios y blogs que informan sobre lo que acontece en todo nuestro mundillo. Seleccionan aquí y allá informaciones relacionadas con la arquitectura según su propio criterio y las presentan de forma conjunta. Hace algún tiempo me sorprendió mucho la respuesta de un conocido blogger afincado en España que interpelado por sus lectores para que emitiera una opinión sobre un tema conflictivo, contestó airadamente que ese no era su papel. El se limitaba a seleccionar lo que publicaba y lo colocaba en su escaparate para que fueran otros los que juzgaran. Si lo estimaban conveniente, claro.
Creo que aquel día empecé a comprender algo la red. Vi este tipo de sitios como gigantescas empresas de transportes de mercancías. Deciden sus rutas comerciales y los medios idóneos para llevar mercancías de un sitio a otro. Incluso pueden negarse a llevar tal o cual material por la razón que sea (hay empresas que no transportan animales vivos, o que no llevan armas, o que están especializadas en el transporte de congelados, o….) Su único compromiso es que el producto llegue a destino (a tiempo y sin caducar). Pero, en ningún caso, valoran la calidad del contenido de su trailer. No es su trabajo.
Por eso me sorprendo tanto cuando, desde esta muy apreciable y especializada actividad de transportista, se da el salto a experto internacional en yogures o cualquiera que sea la mercancía que se ha acarreado.
La única aportación personal de este tipo de blogger es la elección de lo publicado. Eso ya es mucho, hasta demasiado, dicen algunos. A mí la verdad, me parece muy bien: nos facilita mucho el trabajo, nos permite elegir, nos ahorra tiempo y nos mantiene informados (a cada uno de lo que le interesa) con muy poco esfuerzo. Pero, al igual que en el caso anterior, desde el punto de vista de la crítica, vuelve a ser poco, muy poco.
3. Otro gran conjunto de voces, son aquellas que se centran en el ejercicio de la profesión. Aquellos lugares en los que se desmenuza la práctica profesional destapando y denunciando el enorme número de contradicciones y conflictos con los que nos enfrentamos en el día a día. Colegios profesionales, normativas, administraciones, papeleos, atribuciones, seguros, denuncias… Reconozco la utilidad de estos sitios para intentar cambiar o mejorar nuestro ejercicio diario. En muchos casos arrancan de mí una sonrisa cómplice. Sin embargo, no puedo evitar una cierta sensación de pudor al ver expuestas nuestras intimidades en público. En fin, eso debe ser un problema personal derivado de mi enfermiza timidez.
En cualquier caso, en lo que estaremos de acuerdo, es en que, como en los anteriores, la crítica arquitectónica tampoco aparece por estos lares.
4. Llamo blogs temáticos, a aquellos que algunos arquitectos construyen alrededor de su propia concepción de lo arquitectónico. En este momento son muy frecuentes todos aquellos que tiene que ver con la sostenibilidad. También los hay centrados en la importancia creciente de lo digital, de lo urbano, de determinados aspectos técnicos, etc. Cada uno puede elegir en función de sus inquietudes personales que sitio de estos visitar y seguir.
En estos lugares suele profundizarse más en el aspecto concreto que les ocupa. Pero también hay que decir que en la mayoría de los casos, digamos que se predica para conversos. La carga ideológica previa es muy superior a la crítica, que, de nuevo, brilla por su ausencia.
Existen muchas otras variantes y muchos híbridos de estas situaciones arquetípicas: Blogs universitarios de alumnos y/o profesores, que en general suelen resultar muy interesantes; páginas que se dedican a ser exclusivamente un registro digital de lo que está aconteciendo; sitios de profesionales de otras ramas que por algún motivo tienden puentes hacia lo arquitectónico (con frecuencia hacia lo urbano), que, a mí personalmente, son casi los más me gusta leer; bitácoras personales de anécdotas bastante irrelevantes; etc.
Muchísima oferta y, tal y como hemos visto, efectivamente muy poca crítica. Un par de motivos para esta paradójica situación en la que, cuando por fin existen las máximas facilidades para que todo el mundo pueda ejercer esta vieja y reivindicada actividad, ésta no aparece con la fuerza que hubiera sido previsible:
- El primero es el tiempo. Una crítica que merezca ser denominada como tal en el sentido clásico del término exige tiempo a su autor. Tiempo de reflexión específica sobre el tema. Y un tiempo previo de formación y experiencia que permita fundamentar explícita o implícitamente sus afirmaciones. Pero de lo único que no vamos “sobraos” en este período veloz que atravesamos es de tiempo. La aceleración creciente en la que nos toca vivir exige ser rápidos, formar opiniones inmediatas, responder de manera automática, ser tácticos y no estratégicos. Vale más un slogan que un ensayo. El artículo es la máxima extensión que nos permitimos escribir e incluso (más importante) leer. La labor crítica con estas premisas no tiene ni siquiera la ocasión de proponerse.
- Y el segundo es la propia naturaleza revolucionaria o de cambio de paradigma que dicen los más modernos, que vivimos. La revolución no es el momento de criticar. Es el momento de la acción, de producir, de proponer. Ya habrá tiempo después de valorar. Ahora el mundo se siente empujado a hacer. Las preguntas pueden hacer dudar al revolucionario de su misión. Y eso es lo único inaceptable.
No sé si es lo correcto. Pero es lo que hay. Si no hay más crítica, es probable que sea porque no deba haberla.

miércoles, septiembre 01, 2010

RICHARD ROGERS, LA SOLVENCIA PROFESIONAL


"Autor: Javier Boned; artículo escrito para soitu.es en octubre de 2009, pero no fue publicado por el cese de actividad del periódico digital"

Aquel que haya visitado la exposición de “Richard Rogers+arquitectos”, que está teniendo lugar en los locales del Caixa Fórum Madrid, habrá comprobado, gracias al magnífico despliegue de maquetas y dibujos que realiza este arquitecto inglés (de origen italiano) y su equipo, lo difícil que resulta permanecer indiferente frente a ella.
No sé si Richard Rogers puede adscribirse con facilidad al fenómeno que se ha dado en llamar “arquitectura – espectáculo”, pero desde luego, lo espectacular de una amplísima y febril actividad profesional se despliega ante nosotros en cuanto atravesamos el umbral de la sala de exposiciones. Recorriéndola, parece que aquello del “high tech”, fenómeno que se identificó, allá por los primeros años setenta, con un cierto estilo de arquitectura basada en la apariencia maquinista y en la sofisticación de los elementos constructivos, se confirma al fin como un lenguaje bien asentado en la realidad profesional y perfectamente adaptado a las necesidades y demandas de nuestra época. De la arquitectura de Rogers se desprende una sensación de “naturalidad profesional”, como si hoy en día no se pudiera funcionar de otra manera. Cualquier otro lenguaje o estilo nos parecería antiguo o inadecuado, sin más. Y es que de esta exposición se desprenden, a nuestro entender, algunos aspectos clave dentro del complejo universo de la producción desbordante y super-competitiva del mercado arquitectónico, que representan los arquitectos - estrella:
1.- La arquitectura como capacidad didáctica. La propia mecanización de los objetos se traslada a la forma de producirlos, y por extensión a la forma de exponerlos. Hay una cierta voluntad en explicar los procesos, las necesidades, los entornos sociales y económicos en los que la arquitectura se inserta, fruto de la propia naturaleza del encargo, convirtiéndose así la exposición en una “acumulación de evidencias tipológicas” de objetos que explican perfectamente una determinada época. Todo ello de forma sofisticada, hiper-realista, sin elementos que den pie a interpretaciones ambiguas del hecho arquitectónico. Es una muestra enunciativa, donde se muestra todo ( o casi todo) para que la sociedad en general pueda entender cómo se produce la arquitectura de nuestro tiempo.
2.- La variedad de escalas a un mismo nivel. El mismo título de la exposición “De la casa a la ciudad”, denota el interés del arquitecto por mostrarnos la capacidad de respuesta profesional a las escalas más variadas de la arquitectura, acometiendo todas con la misma intensidad. Es curiosa la conviviencia del tema doméstico, incluso el de la investigación sobre una pequeña vivienda unifamiliar, con la complejísima resolución que supone un aeropuerto contemporáneo, casi una ciudad en sí mismo. Se desprende así una suerte de “anti-especialización” del arquitecto, volviendo a situarse de este modo en los umbrales de un “nuevo humanismo”, actitud claramente heredada de los fructíferos años cincuenta y sesenta.
Y lo más importante, y a nuestro entender más significativo: 3.- Un cuidadísimo y distanciado tratamiento de las posturas intelectuales, poéticas y teóricas en arquitectura. Rogers ha procurado evitar, y cualquier exposición de estas características se prestaría a ello, argumentos y posturas retóricas y poéticas añadidas, falsos debates intelectuales, ideas hiper - sofisticadas y con narraciones no menos sutiles sobre sostenibilidades más o menos actualizadas de la arquitectura. Su única referencia histórica (a mi entender, plenamente certera) es un pequeño homenaje al constructivismo ruso, a Chernikov en concreto, aceptando una manifiesta y palmaria deuda con el mundo de las vanguardias. Por lo demás,la arquitectura debe explicarse por sí misma, su carga emocional no proviene del arte ni de otras disciplinas, sino de su capacidad de resolución de problemas concretos para una sociedad concreta.
Quienes busquen melancolía en la exposición de Rogers tan sólo hallarán unos dibujos absolutamente maravillosos del Centro Pompidou, y una maqueta en madera, una auténtica escultura, de la Lloyd´s de Londres. Curiosamente fueron estas dos obras las que consagraron a Rogers como arquitecto portador de un nuevo lenguaje, sobre todo la primera, donde la importancia de Renzo Piano como co-autor no deberá nunca pasar desapercibida. Porque si hay un edificio realmente emocionante en la obra de Rogers es este extraño artefacto anclado en pleno centro de París, este barco destripado, altivo y colorista que desarmó tantas y tan rígidas conciencias sobre lo que era considerada verdadera arquitectura.
El resto de la exposición, guste o no, es una manifestación explendorosa del buen-hacer profesional y de una de las actitudes más completas y solventes en la producción de la buena arquitectura contemporánea.

martes, agosto 31, 2010

GRACIAS UTZON


"Autora: María Asunción Salgado; publicado en soitu.es en octubre de 2009"

Como europea de a pie, he crecido dando por sentado que la arquitectura constituye el principal reclamo turístico de las ciudades.
En nuestro contexto cultural siempre fue así pues ciudades como Atenas, Roma, París o Barcelona reciben cada día hordas de turistas ávidos de contemplar los logros de Phidias, Alberti, Haussmann o Gaudí, entre muchos otros.
A pesar de este hecho, del que los dirigentes de tiempos pasados fueron muy conscientes, el interés por vestir la ciudad de arquitectura contemporánea ha sido desigual, al menos durante las últimas décadas del siglo pasado.
Pero la arquitectura vende y más allá de las modas, una buena arquitectura es susceptible de convertirse en un reclamo atemporal al mismo nivel que otras obras de tiempos pretéritos; y si no ¡que se lo pregunten a los bilbaínos!
Un ejemplo de reclamo arquitectónico sin parangón es sin duda el edificio de la Opera de Sídney del arquitecto danés Jørn Utzon, que sin lugar a dudas constituye uno de los mayores atractivos de este país continente.
A pesar de que este edificio fue eclarado Patrimonio de la Humanidad en 2007, parece que la polémica nunca dejará de perseguirle ya que hoy por hoy se enfrenta a la mayor remodelación de su historia desde que se concibió a finales de la década de los cincuenta. El motivo de la remodelación obedece a las continuas objeciones que los puristas de la música ponen a las condiciones acústicas de las salas.
Para los que desconozcan el periplo que rodeó la construcción de la ópera, hay que decir que constituye uno de los episodios más apasionantes de la historia de la arquitectura.
Empezando por las peculiaridades del concurso por el que se eligió el boceto de un desconocido Utzon, hasta los trágicos incidentes que rodearon el último intento de financiación de las obras a través de una lotería, hablamos de un proyecto en el que se invirtieron más de 15 años desde su concepción hasta su inauguración.
El retraso como sucede a menudo, tuvo un trasfondo económico motivado en parte por la complejidad de unas obras difíciles de llevar a cabo con la tecnología del momento unido a una clamorosa falta de previsión, lo que acabó apartando al arquitecto del proceso.
Durante todos esos años los ciudadanos se involucraron activamente en las decisiones que afectaban al edificio, hasta el extremo de reclamar la vuelta del arquitecto mediante manifestaciones populares en las calles de Sídney.
Hay que decir que este fue un hecho sin precedentes en la historia de la arquitectura, ya que nunca antes desde la ciudadanía se había apoyado a un arquitecto con tanta vehemencia o por lo menos nunca antes se había documentado.
Incluso más allá de este periodo, la ciudad de Sídney siguió apoyando incondicionalmente al arquitecto, hasta el punto de celebrar su 86 cumpleaños en abril del pasado 2004 a pesar de la polémica existente en relación a la deficiente acústica del edificio.
Pero es curioso ya que a pesar de que como palacio de música este edificio no presenta unas condiciones óptimas, a sus usuarios habituales esto no ha parecido importarles en exceso, ya que la atmósfera del lugar era lo suficientemente potente como para pasar por alto minucias como el sonido ambiente.
Como comenzaba explicando al comienzo de este artículo, la Ópera sigue dando que hablar hasta el punto de que este mes, han comenzado los últimos intentos de remodelación de las salas centrales, con el fin de mejorar su acústica.
Todas estas anécdotas que tanto me han llamado la atención desde mis tiempos de estudiante, me resultan hoy naturales una vez he tenido la oportunidad de visitar la ciudad de Sídney.
Paseando por sus calles he comprendido que la Ópera es para los habitantes de Sídney mucho más que un teatro, es un auténtico imán, un foro en cuya escalinata se puede desarrollar cualquier tipo de actividad. Tan pronto funciona como graderío improvisado para un escenario al aire libre en el que celebrar un festival de cultura china, como cine de verano en el que se proyectan clásicos de Hollywood o como habitual zona de copas a la salida del teatro.
Desde el punto de vista del visitante ocasional, Sídney es una ciudad amable y bonita, con una indudable calidad de vida, pero hasta ahí. Esa ansia de consumir iconos que satisfacemos en ciudades como Nueva York, Tokio o Londres, queda en Sídney reducida a la ópera, siempre arquitectónicamente hablando.
Por esa razón reservé parte de mi tiempo en la ciudad para asistir a una de las óperas programas; para visitar sus inmediaciones con luz de mañana y luz crepuscular y para cómo no, cenar en el restaurante del conjunto con vistas a la bahía. Y es que sin querer, nuestros pasos siempre acababan dirigiéndonos hacia la bahía, donde nos encontrábamos con masas de gente que se sentían igualmente atraídas por el hechizo de la escalinata la Ópera.
Nunca una ciudad le debió tanto a un arquitecto, al mismo tiempo nunca una ciudad mostró tanta gratitud. Como buena romántica, he de reconocer que siempre me han encantado las historias de amor correspondido.

lunes, agosto 30, 2010

Niemeyer: un niño de 102 años


"Autor: Diego Fullaondo; publicado en soitu.es en septiembre de 2009"

Es curioso comprobar como hay arquitectos con “buena prensa” y otros con “mala prensa”. Pasa con los futbolistas, con los actores, con los cantantes, etc. Con casi todo el mundo, la verdad. El célebre Oscar Niemeyer pertenece sin duda al grupo de arquitectos que podríamos denominar como “muy querido tanto por el público general como por el especializado”.
El motivo último de esta extraña pero sólida conexión con la afición es difícil de determinar. Puede deberse a que proviene del amable y exótico Brasil, en lugar de ser otro viejo y soberbio europeo, o, peor aun: un imperialista estadounidense. O quizás el motivo pudiera tener que ver con su pública y publicitada ideología marxista-leninista. También es posible que su éxito se deba a que lleva tanto tiempo entre nosotros (tiene 102 añitos el chaval) que ya no nos queda más remedio que quererle. Un poco como Raúl en el Madrid, vamos.
Lo paradójico estriba en que, a pesar de estos indudables valores que le adornan, Niemeyer lo tiene casi todo para ser duramente zarandeado desde las posiciones más en boga del momento:
- Podemos considerarle uno de los más importantes padres del denostado star-system de los arquitectos. Un constructor de iconos planetarios antes incluso de que se les pusiera el rimbombante nombrecito. A pesar de lo que él diga, un arquitecto enredado en su propio e personal lenguaje, independiente del entorno, del tiempo e incluso del programa que sus edificios alojan.
- Un arquitecto prolífico hasta cotas, por lo menos, sospechosas. Me parece haber leído en alguna parte que ha hecho medio millar proyectos por todo el mundo. Ciertamente lleva muchos años en ejercicio, pero creo que hasta el propio Foster debe envidiar su fecundidad (desde luego una actitud antagónica a la de Zumthor, nuestro último y aplaudido premio Pritzker y sus dos docenitas de obras excelsas para toda una vida).
- A Niemeyer le atrae la curva, como él dice. Pero no por su tensión innata ni por ser el caso general que engloba dentro de si a todas las líneas del espacio; sino porque se opone a la racionalidad cercenante de la recta y le recuerda a, ojito,… la mujer. En muchos círculos, este comentario sería tildado machista intolerable. Puede que homófono también, pero eso no lo sé. A mí, estas metáforas aficionadas, me aburren soberanamente.
- Ecologista, ecologista, la verdad es que su obra no parece. Aquellas inmensas explanadas situadas en medio de la selva amazónica, para crear la amenazante Brasilia o el pesado hormigón que sigue delimitando con rotundidad toda su arquitectura, no pueden considerarse demasiado en la línea de la actual hipersensibilidad medio ambiental.
Creo que Niemeyer es un arquitecto muy sobrevalorado. No lo digo por los motivos que he expuesto con anterioridad (al menos, no por todos ellos). Sino por el infantilismo e ingenuidad, teñidos de una falsa pátina de innovación y expresión que casi toda su obra destila. Intentaré explicarme:
Es cierto que en nombre del racionalismo feroz y del estilo internacional se cometieron muchos excesos. La dictadura de la recta y, sobretodo, del ángulo recto, llegó a ser agobiante, limitando muchísimo las posibilidades del lenguaje arquitectónico. Frente a esta situación se propusieron y se siguen proponiendo bastantes alternativas, cada una con su acento particular, intentando producir una arquitectura más acorde con su tiempo.
Niemeyer ha concentrado su propuesta a lo largo de toda su larguísima carrera en la apariencia de la arquitectura (nótese que no digo forma, que es un término mucho más amplio, y en que, dicho sea de paso, sí creo que se encuentra el meollo de la cuestión). Frente a la recta la curva. Frente a un paralelepípedo, otro pero con una fachada ondulante. Frente al cubo, un casquete esférico.
Geometrías aparentemente más blandas, pero también rabiosamente simples. Aprensibles en un rápido golpe de vista. En casi todos los casos, mucho más rígidas, obvias, simétricas y monumentales que sus predecesoras. Siempre que me encuentro con Niemeyer pienso en Calatrava. Más allá de la utilización del hormigón blanco y puro que tanto les gusta para sus creaciones únicas, en los dos encuentro el mismo clasicismo enmascarado del que ambos dicen querer escapar. Y fracasan, claro.
Pero hay un punto infantil, naif, en la obra de Niemeyer que no tiene el valenciano. Muchas de sus obras parecen fruto del quehacer de un niño con el típico juego de construcciones de madera. O, hoy en día, con el dichoso sketchup. Volúmenes elementales (alguno curvito, por supuesto), yuxtapuestos o adosados o, simplemente, dejados caer sobre la alfombra del salón. No con la racional voluntad de condensar densidad y contenido que se proponía desde alguna arquitectura del llamado minimalismo, sino fruto de la ancestral y mágica intuición del niño-artista.
Esta descomunal ingenuidad de mucha de su obra, esta apariencia diferente al mismo tiempo que agradable y reconocible por todos, es el motivo fundamental de la “buena prensa” que comentaba al principio. Es distinto (con lo que nuestras ínfulas de innovación y progreso se satisfacen), pero menos (con lo que seguimos tranquilos porque nos reconocemos).
Fue a Oteiza al que escuché en una ocasión afirmar que la imaginación era la fantasía puesta a trabajar. Me pareció y me parece una excelente manera de diferenciar estos dos términos con tanta frecuencia confundidos. Mientras la fantasía es totalmente libre, la imaginación trabaja con las ligaduras. La fantasía no tiene un fin concreto, mientras la imaginación se pone al servicio de un objetivo. La inutilidad de la fantasía es precisamente su razón de ser. Por el contrario la imaginación necesita un problema que resolver (a veces incluso se lo inventa también). La fantasía es autorreferencial. La imaginación es básicamente multidisciplinar. La primera supone dejar un terreno en barbecho, es pasiva y un puntito diletante. La segunda es añadirle abono para cultivar mañana, es activa y profesional. Las dos son actividades racionales necesarias y muy relacionadas con el universo de lo creativo. Pero sospecho que la arquitectura y la innovación tienen mucho más que ver con la imaginación que con la fantasía.
Las obras de Niemeyer parecen a menudo fantasías cristalizadas con demasiada precipitación. Sin pasar por el necesario tamiz de la imaginación, del trabajo, de la innovación real y la complejidad. Fotogramas de un sueño, o mejor dicho, porciones de fotogramas, trasladados directamente al mundo real.
Ese también es su valor exclusivo: La frescura derivada de su inmediatez. En algunos casos, cuando el sueño no es una pesadilla, las imágenes físicas resultantes, son sugerentes; en otras ocasiones son hasta suavemente expresivas; pero siempre las envuelve esa bruma de irrealidad, de lejanía y ausencia, que magistralmente pintaba Giorgio de Chirico al principio del siglo XX. Ocurre que, en el caso de Niemeyer, no creo que sea ésta una atmósfera buscada, sino más bien, encontrada por casualidad, fruto de su peculiar modo de enfrentarse a lo arquitectónico.
Y de lo de Avilés, Brad Pitt incluido,…, ¡uff…! Mejor no hablar.

viernes, agosto 27, 2010

“El Mapa de los sonidos de Tokio”: una oportunidad perdida.


"Autor: Javier Boned; publicado en soitu.es en septiembre de 2009"

“El mapa de los sonidos de Tokio” podría haber sido una gran película. Más aún, podría haber sido la mejor visión que un cineasta europeo hubiera dado nunca de la exótica y compleja metrópolis japonesa, y sin embargo se queda, mucho me temo, en un drama pasional rebuscado y sin el menor interés. Así lo he sentido al ver esta película de la directora Isabel Coixet, con una primera parte absolutamente fascinante, donde la reflexión sobre los sonidos de la ciudad y sus habitantes, en el caso de Tokio, prometía una visión de su fenómeno urbano totalmente nuevo y original. Porque la película comienza prometiendo una reflexión sobre el silencio, el silencio como el leve ruido de lo cotidiano, de lo rutinario, de lo que no puede sorprendernos por la falta de sensibilidad que nuestra percepción, la del occidental, suele demostrar. Un inicio lleno de matices visuales nuevos, donde la fascinación por la ciudad, la curiosidad visual y auditiva por lo que en ella se muestra, presagia un nivel de interpretación sobre el fenómeno de esta metrópolis contemporánea de altísimo nivel.
Una estructura de cine negro, a lo “Blade Runner”, hubiera bastado para seguir contando Tokio, como parecían presagiar esas largas escenas de lluvia oscura y de comida en la calle, como el mismo Ridley Scott nos vuelve a mostrar en “Black Rain”. La estructura policiaca es una de las mejores para narrar los fenómenos urbanos, y la complejidad interior del personaje femenino encarnado fantásticamente por Rinko Kikuchi hubiera puesto la guinda a este planteamiento, si de verdad hubiera consumado satisfactoriamente su rol de asesino profesional. Todo está basado en la fascinación por el silencio de este personaje, el silencio del cementerio tradicional, la necesidad de la ciudad-cementerio, existencial y profunda, que convive forzadamente con lo robótico, el capitalismo despiadado, el frívolo y virtual karaoke y todas las facetas de la despersonalización. Las escenas de la ciudad a vuelo de pájaro y la banda sonora suponen toda una reflexión magistral sobre ello.
Pero he aquí que en vez de desarrollar esta estructura, la directora nos presenta de repente a una japonesita sentimental enamorada de un macho ibérico (Sergi López) experto en vinos y en sexo sofisticado, y a partir de ese momento todo se convierte, sin poder evitarlo, en una especie de festival pseudo- masoquista, donde la sordidez de una relación amorosa sin salida tiende a confirmar, una vez más, que el varón es tonto, insensible y cutre, y no entiende nada de lo que pasa a su alrededor, incluido lo femenino, claro está. Ni siquiera la aventura deja la huella profunda que debiera, puesto que el ínclito personaje masculino termina casado tradicionalmente y residiendo en un piso convencional del ensanche de Barcelona. Vulgar desenlace que vuelve a encumbrar indirectamente otro film, curiosamente también de director femenino (Sofia Coppola), donde la fascinación por el silencio de Tokio resulta una obra poética de principio a fin: me refiero, como no, a “Lost in Translation”.
En resumen, en mi modesta opinión, una gran oportunidad perdida, a pesar de unos treinta minutos iniciales magistrales, de profundizar cinematográficamente en el complejo universo de la metrópolis post-moderna y sofisticada. Esto quizás sea debido - ¿por qué no? - a esa imperiosa necesidad mediática y políticamente correcta, que se sigue imponiendo ideológicamente sobre otros aspectos intelectuales, de seguir ahondando en el comportamiento afectivo, sexualmente trasnochado e insensible, del macho ibérico, en este caso además experto en vino tinto. Un auténtica pena.

jueves, agosto 26, 2010

¿clientes o pacientes?


"Autor: Diego Fullaondo; publicado en soitu.es en septiembre de 2009"

Hace algunos meses escuché a Carlos Ferrater realizar una afirmación que por algún motivo se ha enganchado con fuerza a mi memoria. Para encontrar una postura éticamente irreprochable en la cuestionada labor del arquitecto, decía algo así como que “no tenemos derecho a exigir que nuestros clientes corran más riesgos de los que ellos mismos están dispuestos a asumir”. Intentaba de esta forma localizar el escurridizo lugar de consenso entre el deber y el compromiso de un autor con la sociedad y su propio impulso innovador de naturaleza mucho más íntima.
He citado en alguna otra ocasión la célebre frase de Alejandro de la Sota que aludía a la obligación del arquitecto de dar “liebre por gato”. Es decir que, como somos los más listos, a pesar de que un cliente, por la razón que sea, nos pida una porquería (gato), debemos ingeniárnoslas para colocarle un producto de auténtica calidad (liebre). A ser posible, sin que se dé cuenta.
Me sigue costando tragar con este papel de engañador o trilero profesional que hemos asumido con sorprendente naturalidad. Aunque sea en un timo, como afirma de la Sota, en el que el timado va a salir con un enorme beneficio. De la misma forma, me cuesta verme a mi mismo valorando las debilidades de una víctima/cliente para cuantificar hasta qué punto puedo exprimirla con mi proyecto. Por su propio bien, faltaría más.
Dejemos para otro día ese “riesgo” del que hablaba Ferrater y centrémonos en el llamado habitualmente, cliente del arquitecto. No es “cliente” una palabra con la que me sienta muy cómodo. Probablemente por su fuerte y restrictiva asociación con el universo de lo económico. Lejos de ser inocua, esta asunción de la terminología mercantil que invade casi cualquier ámbito de la actividad humana, desborda con demasiada frecuencia el campo de lo meramente semántico, para afectar profundamente a los contenidos y características intrínsecos de cada disciplina.
De tal manera que no debería sorprendernos que el cliente del arquitecto, pueda considerarse a si mismo un comprador que entra en una tienda a comprar lo que le gusta. Es más, es comprensible que muchos arquitectos contemplen a sus clientes de esta misma forma. Desde una óptica mercantil pura, entendemos con facilidad las actitudes de muchos profesionales: Desde aquellos, para los que el cliente “siempre tiene razón (porque es el que paga)” y yo estoy aquí para darle lo que me pida, ya sea éste un particular, un promotor o un ayuntamiento; hasta aquellos que intentan construir su propia marca reconocible, su propio estilo, para que de esa forma el cliente que entre en la tienda, ya sepa a lo que viene.
Tampoco es intercambiable la figura del cliente del arquitecto con la del que reclama los servicios de profesionales de otras ramas del conocimiento. Siempre me ha llamado mucho la atención la actitud de los abogados (pido disculpas si cometo algún error grave; mis escasos conocimientos derivan exclusivamente de alguna triste experiencia personal y de las películas americanas). Para los abogados defensores es necesaria una asunción total y completa de la posición de su “cliente”. Su trabajo consiste en traducir esa postura invariable, al lenguaje jurídico, tremendamente especializado, de manera que su lectura en esos nuevos términos, resulte lo más beneficiosa para los intereses de su cliente. Algo parecido podría decirse del mundo de la publicidad: su trabajo no afecta a la cosa sino a la presentación de la cosa.
Los únicos que han escapado a esta nociva invasión de la terminología económica, son los médicos. Cuando vamos al médico no somos clientes (a pesar de que sin duda pagamos religiosamente sus atenciones) sino que somos pacientes. Paradójicamente, pensarán algunos, esta excepcional y desquilibrada situación que el intercambio de dinero ni siquiera pretende nivelar, no hace sentirse incómodo a nadie. Es más, desde mi punto de vista, la confianza del paciente, y la responsabilidad y la íntima satisfacción personal del médico, se manifiestan como valores muchos más sólidos para la efectividad de la disciplina que el artificioso cumplimiento de un cumplimiento de un acuerdo económico.
No creo que el “clientelismo” haya tenido ningún efecto positivo en la calidad de la arquitectura. Nos ha obligado a construir elaborados razonamientos como los que citaba al principio de Ferrater o de la Sota que, de alguna manera, nos expliquen y acoten las características de nuestro trabajo. Y es posible que la respuesta sea mucho más sencilla.
La realidad es tozuda. La relación “arquitecto-cliente” de hecho se asemeja mucho a la médico-paciente. Creo que entender en profundidad esta natural asimetría por parte de ambas partes, mejoraría sensiblemente el resultado final. Pero para ello, el cliente debe asumir que tiene un problema pero no conoce la solución. Y el arquitecto ve aumentada sensiblemente la responsabilidad sobre su trabajo, debido a la confianza que toda la sociedad, y no solo su cliente, ha depositado sobre sus hombros. No basta con ejecutar hipócrita y despreocupadamente lo que el cliente solicita o exige; ni es aceptable presentar un conjunto de propuesta, lo más amplia posible claro, para que sea el propio cliente el que elija y así se quede a gustito; ni resulta tolerable repetir una y otra vez la misma respuesta para problemas diversos, con el falso pretexto de construir una marca reconocible.

martes, julio 27, 2010

La Ciudad de la Cultura de Peter Eisenman

Autores: Varios; publicados en soitu en septiembre de 2009

¿Mejillón o Vieira? (Ignacio Rodríguez Urgel)

Creo que una de las cosas más emocionantes que tiene nuestra profesión es poder predecir cómo será un edificio una vez construido. Siempre espero el momento de terminar la ejecución de un proyecto para comprobar si coincide con lo que esperaba de él. Indudablemente que la sensación es más intensa cuando uno mismo ha proyectado el edificio, pero también disfrutamos al visitar otros que, sin ser nuestros, los hemos seguido desde publicaciones de arquitectura. A menudo la sorpresa que nos llevamos al visitar estos proyectos una vez construidos es positiva, dado que la documentación publicada es incapaz de exponer todo lo que su autor ha volcado sobre ellos. Es por esta razón que siempre existe una parte del proyecto publicado que completamos y redefinimos con nuestra propia imaginación, o bien con nuestro deseo de aportar y hacer la arquitectura que nos gusta.
En el caso de la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela, el proyecto desde la fase del concurso, planteaba nuevos criterios arquitectónicos respecto a la integración de la arquitectura en el paisaje y, aún más, en cuanto a la formación o creación del paisaje desde el propio proyecto. La visita realizada el pasado mes de agosto me llevó a una sensación inédita de fracaso y decepción.
Buscando las causas que ha llevado a la obra ejecutada no parecerse en nada a la idea preconcebida que tenía yo del proyecto, creo que la respuesta se encuentra en el tiempo que se tarda en ejecutar un proyecto de este tamaño. En proyectos de las dimensiones de la Ciudad de la Cultura en los que el tiempo que lleva su construcción abarca más de una legislatura, la política entra sin lugar a dudas a formar parte del éxito o no del mismo.
Los que conocemos Galicia sabemos que es difícil que en esta maravillosa tierra se pongan de acuerdo más de tres gallegos. Hoy mismo, si buscas información en la red, puedes observar que el 99 % de los artículos sobre el GAIAS tratan de comparecencias en el parlamento gallego, redefiniciones del proyecto o disputas interprovinciales Vigo-A Coruña, y solamente el 1% habla del proyecto desde el punto de vista arquitectónico.
Es indudable que el cambio de gobierno no favoreció el desarrollo del proyecto y que, hoy en día, de no haberse producido ese cambio la obra estaría más adelantada.
Sin embargo, la decepción no viene porque en lugar de ocho edificios, se vayan a realizar seis o estén construidos tres, la decepción es el resultado final.
Y eso me lleva a pensar que no todos los errores se han producido desde la clase política, es más, los políticos bastante tienen en conseguir y financiar el dinero necesario de los proyectos que los arquitectos luego proyectamos.
Cuando visitas el GAIAS lo primero que piensas es que lo construido no supera lo proyectado, en este caso, la ejecución de la obra proyectada es absolutamente lo contrario a la idea que yo esperaba del proyecto.
La vieira, la superposición del trazado de la ciudad antigua y la integración en el paisaje mediante formas topográficas debían llevarnos a algo más. Todos deseábamos ver qué pasaba debajo de las cubiertas, cómo se solucionaban los espacios, los límites entre el espacio exterior y el interior, el diálogo entre los distintos materiales utilizados, etc.
Para el que no lo sepa la ejecución de la obra no fue encomendada a su autor, no sé si por ahorrar costes de honorarios o porque el estudio de Peter Eisenman es muy reducido y no podía abarcar el encargo. El caso es que esta labor de desarrollo ejecutivo y posterior control de obra se encomendó a Andrés Perea.
Wilfred Wang, uno de los arquitectos que formaron parte del jurado del concurso, recordaba cómo básico para el desarrollo del proyecto la importancia de la relación que debía tener el arquitecto autor del proyecto Peter Eisenman con el arquitecto director de la obra Andrés Perea, y recordaba la dificultad de ejecutar una línea metálica dibujada sobre el suelo por otro arquitecto que no fuera el autor de la idea. Y viendo el resultado puedo decir que tenía razón.
Entiendo la dirección de obra como parte fundamental del proyecto. Digo como parte del proyecto, porque en mi opinión éste nunca se termina hasta que está la obra ejecutada. Los cambios y modificaciones en obra son, a mí entender, necesarios y obligatorios para conseguir lo que queremos expresar. Los arquitectos construimos ideas que modelamos en el estudio y luego en la obra.
Darse una vuelta por la Ciudad de la Cultura es reconocer el fracaso de un proyecto mutilado por el tiempo, donde las decisiones políticas y profesionales han llevado a lo que pudo ser el mejor ejemplo de arquitectura del paisaje en un pastiche de formas, colores y materiales, donde el resultado final se encuentra más próximo a un híbrido entre un Palacio de Congresos y un Mc Donalls, que a un hito arquitectónico.
Recomiendo a los arquitectos que quieran ahorrarse la visita, que acudan a la próxima feria de VETECO que se celebra en el recinto ferial Juan Carlos I de Madrid, (cuya ampliación también realizó Andrés Perea), y que a Santiago de Compostela vayan, como siempre se ha hecho, a ver al Apóstol y a comer pulpo.
Pero para animar a mi amigo Antonio, que tan bien organizó la visita al GAIAS, decirle que el tiempo, que fue el causante del fracaso del proyecto, será también el culpable de su éxito. Me explico.
En una ocasión Peter Eisenman comparaba a la Ciudad de la Cultura con el Partenón de Atenas, claro está que se refería a la relación que existe entre los costes económicos de construir un hito arquitectónico con los beneficios que posteriormente obtendrá la ciudad. Y en verdad no le falta razón, pero por otros motivos.
Creo que al igual que al Partenón, el verdadero valor de la Ciudad de la Cultura se descubrirá dentro de dos mil años, cuando se encuentre en ruinas, sólo hay que esperar que el tiempo haga su trabajo. Al igual que en su día hizo Piranesi con el Partenón, un viajero del futuro realizará, a su paso por Santiago de Compostela, un dibujo de la Ciudad de la Cultura con sus cubiertas dominadas por los toxos, sus fachadas liberadas de esos desafortunados cristales, los espacios interiores dominados por castaños, pinos, hortensias y laureles. Y sobre todo, aunque no sé si a causa del paso del tiempo o por el cambio climático, donde el horrible color beige de las carpinterías no se distinga por estar rodeadas al igual que las bateas de mejillones. Sólo así coincidirá con la visión preconcebida que yo tenía del proyecto y en ese momento el mejillón habrá ganado a la vieira y la ciudad de Santiago de Compostela tendrá un nuevo hito al que visitar.
Muchas gracias Antón.

Aprendiendo a ser arquitectos (María Fullaondo)

Este verano algunos de nosotros hemos tenido la oportunidad de visitar las obras del proyecto de la “Ciudad de la Cultura” en Santiago de Compostela del arquitecto Peter Eisenman. Por otra parte, el 3 de agosto del 2009 fallecía, el también arquitecto, Charles Gwathmey a la edad de 71 años. La carrera de ambos ha estado muy ligada y su trayectoria se ha desarrollado de manera bastante parecida desde que en 1969, en el MoMA de Nueva York, tuviera lugar la conferencia “CASE” (Conference of Architects for the Study of the Environment; Conferencia de Arquitectos para el Estudio del Entorno). Allí, se expuso y se debatió la obra de cinco arquitectos americanos que, para muchos, constituía la incipiente escuela de Nueva York publicándose el libro “Five Arquitects” que catapultaría a la fama definitivamente a: Peter Eisenman, Michael Graves, Charles Gwathmey, John Hejduk y Richard Meier.
Existen ciertos modelos arquitectónicos inmutables en el tiempo cuando se trata de aprender y enseñar a proyectar. No creo que haya ningún arquitecto que no haya dibujado al menos una vez alguna obra de Le Corbusier o Mies van der Rohe. El porqué entre otras cosas estriba en que la metodología proyectual de ambos arquitectos resulta en la mayoría de los casos comprensible y aparentemente clara. En este sentido, la naturaleza indagadora que ha presidido la trayectoria de estos cinco arquitectos, el cambio substancial en la manera de representar, dibujar y expresar gráficamente sus ideas y la gran carga teórica que apoyaba toda su producción provocó que fueran incluidos casi de manera inmediata en la historia de la arquitectura. Al mismo tiempo, es bastante habitual al comienzo de la formación arquitectónica, cuando uno se tiene que enfrentar por primera vez al papel en blanco, que la soltura y destreza reflejadas en las plantas de los edificios desaparece casi por completo en la secciones. La admiración y respeto que profeso hacia la trayectoria de Peter Eisenman se remonta a mis años de estudiante de arquitectura y en gran parte tiene que ver con todos estos aspectos. Probablemente, el proyecto de la casa “Guardiola” de Eisenman es uno de los mejores ejemplos para ilustrar , revelar y manifestar la riqueza espacial alcanzada con sencillas operaciones como rotaciones, traslaciones, intersecciones, etc. realizadas en cualquier lugar del espacio. Con el proyecto presentado en el concurso de Santiago de Compostela pasa algo parecido.
Peter Eisenman es uno de esos arquitectos cuyo trabajo se ha movido sobre todo en el campo teórico con unos proyectos que denotan un claro carácter investigador y que al menos hasta ahora no había tenido la oportunidad de de construir ningún proyecto importante. Los pocos que han llegado a realizarse o eran proyectos menores o no respondían a un programa arquitectónico complejo. Una de las características presentes, sobre todo en la maqueta para la ciudad de la cultura, es la capacidad de sugerencia y de inspiración que provoca su contemplación y análisis. La sugerencia junto a la sinceridad y coherencia del método proyectual a lo largo de su carrera, desde mi punto de vista, explican y distinguen la posición alcanzada en el panorama arquitectónico de este arquitecto americano. Al mismo tiempo, esa facultad, puede llegar a ser su peor enemigo ya que la materialización puede no satisfacer completamente las expectativas . Ya sea por la escala o por la diversidad y la elección más que discutible de los materiales, o por la decisión de no hacer transitable la montaña , o por los problemas en la dirección de obra o por la falta de todavía algunas de las piezas, la realidad es que tras la visita te invade una cierta decepción y una sensación de oportunidad perdida.
Cerrar un proyecto resulta tremendamente complicado, la ciudad de la cultura es una prueba de ello. Eisenman puede que haya fallado en esta fase pero, como siempre, sigue dando lecciones de lo que es ser arquitecto. En algunas ocasiones es necesario recordárnoslo.

(Isidro Gallego)


Quizá de los proyectos presentados a concurso, el de Eisenman Architects era el de mayor potencial tectónico y formal. Me quedo con el gesto brutal del modelo inicial, libre de toda una serie de argumentaciones y alusiones de ortopédica conjunción. Los pliegos nacían sutilmente desde el territorio retorciéndose y generando espacios magistralmente integrados, al modo de las oníricas plataformas planetarias de Lebbeus Woods. De alguna forma el proyecto inicial colonizaba un brutal ámbito, multiplicando sus espacios, generando nuevos recorridos, vacíos, y situaciones de compleja e imprevisible realidad. Quisiera no tener que hablar de la obra y del desarrollo del proyecto para su ejecución pero hemos venido a eso.
No voy ni tan siquiera a parar en comentar las dificultades económicas, políticas y de gestión que todo gran proyecto está condenado a sufrir. No, creo que hay asuntos a mi modo de entender el proceso mucho más graves y que arruinan el proyecto desde los comienzos de su propia evolución.
El primer y más grave tropiezo, es pretender estructurar un “landscape” desde la ortogonalidad geométrica de un nuevo revival del International style. Utilizar el mismo lenguaje para concepciones tan distintas descongela la tensión y genera una situación de absoluto y negativo desconcierto. No se si es una cuestión de anclaje al pasado o una falta de comprensión de la evolución expresionista de los espacios, lo cierto es que, y sin ánimo de molestar a nadie, es una de los métodos más complicados y torpes capaces de destrozar un buen proyecto.
El segundo de los aspectos, desde mi punto de vista más sangrante, es el intento de justificar el orden del proyecto desde el paralelismo con la estructura urbana de la ciudad. Este hecho respalda la tesis de que si no sabes hacer algo es mejor que aprendas en casa. Mire usted, está recordándome al maestro Michael Jordan jugando al beisbol, si usted es el primero que no se cree su proyecto, si usted necesita una trama alusiva para poder argumentar una organización, si usted tiene tan poca fe en la fuerza de su madera es imposible que la talle. (Y las torres de John Hejduk emulando el obradoiro….. supongo que Dios les perdonará porque realmente doy fe de que no saben lo que hacen).
Por último no quisiera dejar pasar el hecho de que si a todo lo comentado sumamos una pésima construcción (eximamos de esto al menos en parte al sr. Eisenman por su forzada desvinculación de la misma), un recorte y acotación de gran parte del proyecto incluido los contactos de las cubiertas con los suelos, una triste elección de materiales y cromatismos y un ritmo de obra que deprime y desinfla cualquier emoción, podremos entender cómo se puede ser un moribundo antes de haber nacido.
Dicho todo esto, y a sabiendas de haber sido enormemente duro, diré que a medida que te alejas del lugar, a medida que las texturas se entremezclan con la distancia, mirando hacia atrás y en espiral, se puede percibir una idea de skyline que te traslada a aquellas imágenes iniciales de enorme fuerza y valor gestual.
Comprenderán que en este caso la función no merezca tiempo. Y si he de quedarme con algo me quedo con el concurso y como diría un grosero amigo, con la brisa fresca de los intersticios que elevan las defensas cutáneas a un erotismo rural de inhibición de las miserias.

Cidade da Cultura de Galicia, la obra grande de Peter Eisenman
(Ciro Márquez)

Han pasado mas de diez años desde que la Xunta convocase el Concurso Internacional de Arquitectura para realizar la Cidade da Cultura de Galicia en el Monte Gaiás en Santiago de Compostela, esperemos que no haya que esperar otros diez años para ver concluido el proyecto. El conjunto lo integran seis edificios: el Archivo y la Biblioteca de Galicia que abrirán para el Xacobeo, el de servicios centrales y el Museo da Historia de Galicia y que también abrirá para el Xacobeo pero hay que acabarlo antes, y otros dos restantes que siguen en el alero.
El Edificio das Novas Tecnoloxías y el Teatro da Música sufrieron el cambio de gobierno del 2005, cayendo en lo que se denominó un periodo de reflexión. El bipartito paró las obras y modificó los usos. El teatro en un principio destinado a albergar espectáculos operísticos pasó a denominarse Escenario Obradoiro, un centro versátil para artes escénicas, producciones culturales y experimentación. Este cambio se realizó con el consenso de los agentes implicados en un intento de redefinir no solo la identidad sino la actividad del centro. Con la vuelta al gobierno el PP pretendía recuperar la opera, pero la Consellería de Cultura que dirige un independiente se opone. Estas escaramuzas políticas no hacen sino poner de manifiesto la dificultad de poner en marcha y mantener vivo un conjunto de estas características.
El planteamiento de ciudad satélite de la cultura es más que dudoso frente a la integración de sus elementos en el casco de la ciudad. Si por ahora el aspecto programático a dado lugar a parones reflexivos, en un futuro mantener la actividad del satélite dará lugar a más de un dolor de cabeza, que no se solucionará colocando una tienda de discos. Los híbridos cultural-comerciales se están sucediendo con distinto éxito, una nueva tipología de bibliotecas ha surgido siguiendo la estela de Seattle, y en holanda proliferan tomando prestada la tipología de la Fnac. Son modelos que potencian la accesibilidad al producto cultura, la cuestión es si este conjunto puede compartir el éxito de los hipermercados situados en las circunvalaciones o quedará aislado. Probablemente puestos a hacer esta apuesta será mejor caballo grande ande o no ande, y cuanto mayor número de actividades mejor.
Según palabras del propio Eisenman perder esos dos edificios sería terrible “Porque es un proyecto completo, necesita de un sentido colectivo”. Si usted visita hoy la Cidade da Cultura tendrá esa visión de lo terrible, la del miembro amputado, dejando a la vista fachadas que nunca deberían haberse percibido frontalmente y desvirtuando la continuidad de la cubierta. Hoy el Monte Gaiás no está horadado ni esculpido está descarnado. Después de la visita la única visión que reconforta es volver a la maqueta original, e imaginar lo que puede llegar a ser la obra completa.
Antes de vacaciones la Xunta aprobó la urbanización del Gaiás, las calles son junto a la cubierta germen del proyecto y su ausencia imposibilita por completo entender siquiera los fragmentos del conjunto. Sin calle no hay ciudad, y hoy por hoy las fastuosas salas de la hemeroteca parecen más bien miradores de escombros. Estas mismas salas desde la calle pasarán a convertirse en escaparates y la actividad en su interior hará desaparecer las fachadas. El cierre de las dos cornisas paralelas, dibujando la curva de la cubierta, enmarcará unas calles que ni siquiera la maqueta puede anticipar.
Por todo esto parece prematuro calificar el resultado, tan solo me remitiré a un interior acabado que visitamos, y que no estaba en funcionamiento. La entrada fue un tanto decepcionante, los espacios de la hemeroteca son desmesurados y la falta de actividad no ayudaba, tan solo unas pilas de cajas de cartón rompían el blanco total. Los paños interiores están cuajados de escalonamientos, pliegues y hendiduras que dibujan un sinfín de tramas. La estructura de los muros cortina se desdobla al interior en varias retículas que no llegan a formar un todo con sus homólogas en suelo y techo, y aunque no resulta difícil identificar la House I, en el interior de la hemeroteca la trama no trasciende al vacío y queda adosada a la envolvente. La potencia de la sección de la casa Guardiola que constreñía el vacío aquí se diluye en un falso techo distante, y es que de todos los conceptos arquitectónicos el de la escala puede ser el más complicado. Para realizar un edificio grande no basta ampliar o repetir varias veces uno pequeño, quizá sea necesario haber realizado otros edificios grandes. Eisenman es sin duda un arquitecto consagrado sobre el papel, veremos si cuando el fabuloso manto ondulado del concepto caiga de nuevo sobre el Monte Gaiás, le consagra también como materializador.

(Diego Fullaondo)

Miente quien diga que no tiene prejuicios. Son una parte fundamental de nuestra memoria y sin ella nos convertiríamos en pececillos como Dorin el amigo de Nemo. Lo que debemos hacer es aprender a convivir con ellos evitando que cieguen nuestro juicio. Peter Eisenman es una de mis más profundas filias. Creo que es (y me temo que seguirá siendo) el gran olvidado de los premios Pritzker al igual que Borges lo fue del Nóbel de Literatura.
Con este ánimo y evidente prejuicio, visité las obras de la Ciudad de la Cultura de Santiago. Verano tras verano, desde hace ocho o nueve años he contemplado, la evaporación del Monte Gaiás y la lenta aparición de las sinuosas siluetas de las cubiertas de la excelente maqueta ganadora del concurso de 1999. Aquella compleja topografía artificial se impuso a excelentes y rotundas propuestas como la de Perrault, a tímidos y supuestamente regionalistas planteamientos como el de Portela y a aberrantes ordenaciones infantiles como la de Bofill (todas las maquetas finales del concurso pueden contemplarse en las propias instalaciones de la obra). Para alegría de muchos de nosotros, el maestro norteamericano, tenía por fin su gran oportunidad.
Diez años después, al poder por fin acercarnos a la montaña mágica en construcción ¿qué nos encontramos? Seré un poco brutal: Un enorme monte desmochado sobre cuya nueva plataforma horizontal se posan confusamente tres o cuatro hangares muy sofisticados, y, por supuesto, los dos silos-torre de John Hejduk, homenaje póstumo de Peter Eisenman a su viejo compañero de batallas en los Five Architects.
¿Qué ha pasado? ¿Dónde está aquel edificio topográfico que restituía de manera artificial el perfil del viejo monte para alojar en su interior los nuevos usos culturales? ¿Qué fue de aquellos trazados sinuosos homólogos a los del casco antiguo de Santiago que estructuraban con naturalidad el conjunto sin necesidad de recurrir a las artificiosas retículas ortogonales? Mi cabeza buscaba desesperadamente conexiones entre las complicadas naves industriales que estaba viendo y aquella hermosa maqueta-metáfora de mi memoria: toda ella de madera, continua y delicada; donde el Monte Gaiás se desplegaba con naturalidad sobre la totalidad de los edificios, inventando en su interior el espacio cavernoso de la cultura; escondido y pegado a la tierra, a lo natural, a la vez que iluminado sutilmente desde las vibrantes grietas que había cincelado lo urbano.
No las hay. Prácticamente ninguna (por lo menos en este momento). Lo construido es otra cosa. Es una especie de centro comercial y de ocio gigantesco (de lujo, eso sí); al más puro estilo de los suburbios residenciales de crecimiento rápido; colocado en un punto alto del paisaje para que se vea muy bien, y dotado de su propio totem publicitario con las dos torretas de Hejduk.
En descarga del arquitecto hay que decir dos cosas:
- La primera y más importante es que el proyecto está inacabado; y lo que es más grave, parece que así quedará. Faltan por ejecutar varios de los volúmenes que completaban su nueva topografía y sin ellos es imposible obtener el resultado continuo de la propuesta original.
- Y la segunda: ha sido una obra afectada por todo tipo de vicisitudes y zarandeos políticos, presupuestarios, administrativos… Un proyecto tan largo, que ha pasado por tantas manos, que ha modificado sus usos y destinos con tanta frecuencia y que aun hoy en día no tiene un plan de explotación medianamente claro, es muy difícil que pueda mantener firme el norte que lo originó en sus inicios.
Pero en el debe de Eisenman y su socio nacional en la fase de ejecución, Andrés Perea, también hay que apuntar algunas cuestiones exclusivas (casi nunca es fácil determinar con precisión el porcentaje de responsabilidad de cada co-autor en el proceso de toma de decisiones de un proyecto; con lo que en una, por citar el Discovery Channel, Megaconstrucción como ésta, resulta totalmente imposible):
Creo que el proyecto está colado de escala sobre rasante. No me refiero en este caso al, impreciso todavía, programa de usos que deberá albergar. Digo que hay un problema de proporción con respecto al propio emplazamiento, al monte donde inicialmente se debía esconder, a la distancia real que le separa del casco urbano. Es demasiado grande, los volúmenes son demasiado altos, las pendientes demasiado fuertes. Tiene una presencia en superficie muy superior a lo que las maquetas iniciales sugerían, que hacen vasto y monumental aquello que solo era sutil y delicado.
Encuentro algunas decisiones estratégicas de construcción muy discutibles. No hablo del detalle ni de la calidad constructiva que es seguro excelente (probablemente demasiado excelente). Pienso en algunas cuestiones como las siguientes:
- Uno de los grandes aciertos de la maqueta inicial fue ejecutar la nueva edificación y el monte existente con un mismo material, la madera; esta decisión sugería con claridad un tratamiento similar de las cubiertas del edificio y del terreno natural circundante para maximizar el esfuerzo de camuflaje y de adhesión al paisaje de lo construido; la artificiosa y compleja colocación de la piedra en las cubiertas, sobre esa retícula ortogonal que no sé de donde ha salido, provoca una discontinuidad completamente contraria al espíritu general del proyecto. Un tratamiento de las cubiertas más blando, vegetal, preferiblemente transitable al menos en algunas de sus pendientes, hubiera sido a la vez más sencillo y más efectivo.
- La situación se hace aun más confusa con la utilización de esa misma piedra en un modulo cuadradito mínimo en muchas de las fachadas verticales, dificultando mucho la lectura del conjunto del proyecto.
- La aparición de las tradicionales geometrías complejas de Eisenman en las fachadas acristaladas, con sus pequeños giros y variaciones, sí puede tener sentido; aunque, de nuevo, tanta trama se confunde con la dichosa retícula superpuesta de la planta, a la vez que parece algo excesiva teniendo en cuenta que, al menos en teoría, eran las fachadas a una grieta.
- Los interiores que pudimos visitar tenían ciertamente más interés. En particular el atormentado y cambiante plano de los falsos techos, que conseguía en muchos puntos transmitir la sensación de caverna de la cultura que todo el proyecto había anunciado.
- Aunque eché de menos algo más de esa variación de cota, en el plano del suelo, para escapar de la sensación de enorme nave industrial horizontal e isotrópica.
No. No es la obra redonda que parecía intuirse desde el concurso y que personalmente yo esperaba y deseaba para Santiago y para Eisenman por las distintas afinidades que me unen a ambos. Es, mejor dicho será, un equipamiento muy singular, con algunos valores arquitectónicos interesantes que espero que los gallegos sepan completar con un programa de usos y actividades, este sí, auténticamente excepcional.
Yo, mientras tanto, seguiré recordando la madera de aquella hermosa topografía habitada.